Fable 5 y el nuevo tablero global de la inteligencia artificial
Tras una orden del Gobierno de Estados Unidos en el marco de sus controles de exportación, el 12 de junio de 2026, Anthropic desactivó sus modelos Fable 5 y Mythos 5 para todos los usuarios no estadounidenses, incluidos empleados de la propia compañía sin esa nacionalidad.
Washington justificó la medida por motivos de seguridad nacional, al detectar un posible método para eludir los filtros de seguridad del sistema y acceder a capacidades avanzadas de ciberseguridad del modelo Mythos.
El episodio expone una fractura profunda: el acceso a la inteligencia artificial puede cambiar de un día para otro según decisiones políticas, afectando de forma desigual a usuarios, empresas y países, e incluso dentro de una misma organización según la nacionalidad o el marco regulatorio bajo el que opere cada persona.
En la práctica, esto significa interrupciones en trabajos en marcha, proyectos en desarrollo y sistemas ya integrados en la operativa diaria, y una distribución desigual de capacidades entre usuarios, empresas y países.
El mundo se fragmenta en bloques tecnológicos
El episodio del bloqueo de Anthropic ha reactivado un debate que ya no es regional, sino global: quién controla el acceso a la inteligencia artificial y bajo qué reglas.
En Europa, la respuesta se articula en torno al Paquete Europeo de Soberanía Tecnológica, que incluye la futura Ley de la Nube y la IA (CADA), junto a iniciativas como la Ley de Chips 2.0 y programas de apoyo a infraestructuras de IA y código abierto. El objetivo es reducir la dependencia de proveedores externos, aunque la brecha industrial con Estados Unidos sigue siendo significativa.
China ha optado por una estrategia diferente. El llamado «momento DeepSeek» de 2025 demostró que era posible desarrollar modelos competitivos con una inversión muy inferior a la de los gigantes estadounidenses. Desde entonces, Pekín ha acelerado su apuesta por modelos abiertos, chips nacionales y una integración masiva de la IA en el tejido productivo. Según datos recientes, el 34% de las funciones laborales en las empresas chinas ya utilizan herramientas de inteligencia artificial, el mayor despliegue empresarial registrado hasta la fecha. China no está intentando ganar la misma carrera que EE.UU. Está corriendo una distinta.
En América Latina, el panorama es más activo de lo que suele percibirse, aunque sigue siendo heterogéneo. La región concentra el 14% de las visitas globales a aplicaciones de inteligencia artificial y ocupa el tercer lugar mundial en descargas de este tipo de herramientas, lo que refleja una adopción elevada. Sin embargo, persiste una brecha estructural: representa el 6,6% del PIB global pero solo el 1,12% de la inversión en IA, y cerca del 90% de la capacidad de supercómputo se concentra en Brasil.
En gobernanza, el Índice Latinoamericano de IA (ILIA), impulsado por la CEPAL y el Centro Nacional de IA de Chile, se ha consolidado como principal herramienta regional de medición, mientras que entre 2025 y 2026 se han presentado más de 200 proyectos de ley sobre IA, sin que exista aún una regulación integral aprobada. Una región que adopta con rapidez, pero aún depende estructuralmente de tecnología externa.
En Oriente Medio, la IA se ha convertido en un proyecto de transformación económica de escala histórica. Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Qatar han comprometido unos 2,5 billones de dólares para construir un tercer polo global frente a Estados Unidos y China. Destacan iniciativas como Humain en Arabia Saudí y Stargate en Emiratos, con alianzas con grandes tecnológicas y un fuerte despliegue de infraestructura. Todo ello apoyado en energía abundante y capital soberano.
En conjunto, el mapa global se fragmenta en tres dinámicas: bloques que buscan autonomía tecnológica, regiones que intentan construir gobernanza propia y otras que dependen directamente de infraestructura externa. El resultado es una transición hacia una inteligencia artificial que ya no opera como sistema global uniforme, sino como infraestructura estratégica sometida a control político, económico y territorial.
Un escenario donde el acceso a las capacidades más avanzadas depende cada vez menos de la innovación y cada vez más de la posición geopolítica de cada actor. Y donde las decisiones que hoy parecen técnicas — qué modelo, qué nube, qué chip — son ya, en la práctica, decisiones sobre soberanía.